- Por Norma L. Vázquez Alanís
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Un apasionado defensor de Concepción Acevedo de la Llata, más conocida como la Madre Conchita, y autor del libro El asesinato de Obregón, la conspiración y la Madre Conchita (editado por la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México), el doctor en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París, Francia, Mario Ramírez Rancaño, habló de este personaje medular en el conflicto entre la Iglesia y el Estado mexicano que, a su juicio, ha sido denostado por la historiografía oficial.
El especialista participó en el ciclo de conferencias ‘A un siglo del conflicto religioso en México’, organizado por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM) de la Fundación Carlos Slim, con el tema de Concepción Acevedo de la Llata, la abadesa de las monjas capuchinas sacramentarias en Tlalpan, acusada por el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles de planear, dirigir y convencer a José de León Toral de inmolarse al asesinar al general Álvaro Obregón.
Convencido a ultranza de la inocencia de la Madre Conchita, el doctor Ramírez Rancaño comentó que si uno revisa los libros de Historia de México, en todos ellos se menciona que ella fue artífice del magnicidio, pero consideró imposible que haya sido una mujer siniestra y capaz de planear un delito de tal dimensión. El ponente señaló que no comparte la versión oficial y que eso lo llevó a escribir del asunto.
Refirió el especialista que Concepción Acevedo de la Llata, nacida en Querétaro en 1891 en el seno de una familia de clase media alta, fue una joven muy sociable, popular y cortejada por varios galanes, pero que al cumplir 17 años surgió en ella la vocación religiosa y pidió a sus padres que le permitieran ingresar a un convento, de manera que en 1911 a los 20 años ingresó a la Orden de las Capuchinas Sacramentarias en su estado natal, donde vivió enclaustrada durante la Revolución.
En 1921, en el periodo presidencial de Álvaro Obregón, el sacerdote francés Félix de Jesús Rougier, sin conocerla y solamente teniendo referencias suyas, llegó a Querétaro para llevarla a la ciudad de México para encargarse del convento de las capuchinas sacramentarias en Tlalpan. Posteriormente Rougier, fundador de la Congregación de Misioneros del Espíritu Santo, fue su confesor, indicó el conferenciante.
En ese mismo año hubo varios bombazos contra objetivos católicos porque la Iglesia se confrontaba ya con el Estado; con la llegada al poder de Plutarco Elías Calles -mucho más anticlerical- se agudizó el conflicto y en 1926 de hecho los miembros del Episcopado le declararon la guerra al gobierno y estalló el enfrentamiento armado que duró de 1926 a 1929.
El objetivo de los católicos era Obregón
Un papel fundamental lo desempeñó Luis María Martínez, entonces sacerdote en Morelia y luego arzobispo de México, al fundar una sociedad secreta, la Unión del Espíritu Santo, para combatir al Estado; era una agrupación con tintes criminales porque reclutaba gente dispuesta al martirio para salvar a la patria acabando con la vida de políticos y que intervino en el movimiento cristero con la Liga Nacional de la Defensa Religiosa para fraguar algunos intentos de matar a Obregón.
No tenían en mente la idea de acabar con el presidente Plutarco Elías Calles, el objetivo de los católicos era asesinar a Álvaro Obregón porque había ganado las elecciones para un nuevo periodo y lo consideraban el cerebro del gobierno y enemigo de los católicos, explicó el doctor Ramírez Rancaño.
Después del famoso atentado fallido del jesuita Miguel Agustín Pro Juárezy su hermano Humberto contra Obregón, por el cual fueron fusilados sin previo juicio, hubo otro intento de homicidio en el que sí estuvo implicada la Madre Conchita, pero la seguridad oficial frustró la tentativa.
En 1928 José de León Toral, convencido por el padre José Aurelio Jiménez Palacios, un jesuita que era su confesor, aceptó asesinar a Obregón de un balazo con una pistola. El crimen lo perpetró en el restaurante La Bombilla, en San Ángel, hasta donde llegó y entró diciendo que era dibujante, anduvo haciendo bosquejos de varios políticos que estaban ahí, luego se acercó a Obregón y le disparó.
La Madre Conchita fue “chivo expiatorio”
La Madre Conchita fue acusada injustamente de ser la autora intelectual de este magnicidio, fue detenida con lujo de violencia, juzgada y sentenciada, pero además defenestrada de forma muy cruel e injusta. Ramírez Rancaño explicó que, de acuerdo con las investigaciones en documentos de archivo referentes al caso para su libro, la monja no participó en la planeación del homicidio.
El proceso público fue en noviembre de 1928 y durante el mismo partidarios de Obregón la agredieron físicamente dejándola muy golpeada. Durante cinco o seis días la acusada sólo habló una vez en el único interrogatorio que se le hizo, en el cual negó haber participado en el asesinato de Obregón, porque en realidad no tuvo nada que ver. El doctor Ramírez Rancaño comentó que el fiscal del caso, Ezequiel Padilla, fue en plan de autoridad a interrogar a la Madre Conchita y llevaba la orden de destrozarla, no iba para hacer justicia, y cumplió con su papel.
Jamás citaron a declarar a ningún miembro del Episcopado, ni a Miguel Palomar y Vizcarra, dirigente de la Liga e ideólogo fundamental de la Guerra Cristera; el proceso concluyó con una sentencia a pena de muerte para De León Toral, quien fue fusilado, y la Madre Conchita por su condición de mujer fue enviada a las Islas Marías; en 1940 fue perdonada por el presidente Manuel Ávila Camacho y regresó a la ciudad de México.
Tras el homicidio comenzaron las descalificaciones hacia la religiosa y al revisar la literatura escrita uno encuentra juicios siempre adversos de políticos, intelectuales y miembros del episcopado, destacó el doctor Ramírez Rancaño, y agregó que el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores declaró oficialmente que la Madre Conchita no era monja, sino una mujer que tenía un supuesto convento, mientras que el obispo de San Luis Potosí, Miguel M. de la Mora, aseguró que ella estaba trastornada y que provenía de una familia de desquiciados.
El doctor Ramírez Rancaño opinó que posiblemente la Madre Conchita estaba enterada de lo que ocurría como muchas otras personas, porque había una multitud que odiaba a Obregón, pero aseguró que, en los archivos consultados para su investigación sobre el tema, no encontró razones sólidas para afirmar que ella fue la autora intelectual del crimen.
Empero, en esta búsqueda de información descubrió que en las discusiones del caso aparecía una declaración de Demetrio Sodi, católico y miembro del gabinete de Porfirio Díaz, en el sentido de que el cuerpo de Obregón tenía impactos de bala de cuatro o cinco calibres, obviamente las autoridades rechazaron su argumento y lo callaron alegando que era imposible que Toral hubiera usado tres o cuatro pistolas.
Sin embargo, queda la duda de que tal vez el atentado fue orquestado por generales callistas, obregonistas o moronistas y Toral sólo fue el ejecutor. El señalamiento de Demetrio Sodi fue desechado porque a Obregón no le hicieron autopsia, se llevaron el cadáver a Sonora y lo sepultaron, pero la sospecha de que el cuerpo tenía balas de diversos calibres procedentes de varias pistolas está registrada. Recordó el conferencista que los años 20 del siglo pasado, en México los militares se estaban matando entre ellos por el poder; Carranza cayó a manos de sus subalternos y durante la rebelión delahuertista Obregón liquidó a la cúpula del Ejército federal.
El doctor Ramírez Rancaño sostuvo que la Madre Conchita fue una mujer a la que utilizaron como “chivo expiatorio”, para usar el término coloquial; fue víctima propiciatoria y lo sabía, pues tanto Miguel Agustín Pro como el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores le pidieron que se prestara para sacrificarse; utilizando el voto de obediencia le asignaron ese papel y tuvo que aguantarse.
Finalmente, el conferencista expresó su decepción por el hecho de que el Episcopado no haya defendido a la Madre Conchita, sino que la haya atacado ferozmente con el propósito de ocultar su participación en el plan para asesinar a Obregón, porque de acuerdo con los archivos que consultó, fue un crimen concebido por los altos mandos del Episcopado.
Ahora las nuevas generaciones de historiadores sugieren que la acusación directa contra la monja pudo ser, en parte, utilizada por las autoridades para dar carpetazo al asunto y como una “cortina de humo” para desviar la atención sobre otros posibles involucrados en el homicidio, tal vez políticos o militares.–
José Antonio Aspiros Villagómez
Licenciado en Periodismo
Cédula profesional 8116108 SEP
antonio.aspiros@gmail.com

