- El destino turístico fue Fundado en el siglo XVI; hoy es un Pueblo Mágico que conserva su estética colonial
Red Financiera
Antes de convertirse en destino turístico, San Ignacio ya guardaba siglos de historias. Fundado como misión jesuita en el siglo XVI por Diego González, actualmente es un Pueblo Mágico que conserva su estética colonial, y entre templos, leyendas y playas con arte rupestre, resguarda uno de los recorridos culturales más completos del estado.
La llegada al pueblo ya adelanta lo que espera al visitante. Desde un mirador elevado a orillas del Río Piaxtla, con una vista panorámica de la Sierra Madre Occidental, se alza el Cristo de la Mesa, una escultura monumental de 20 metros de altura que extiende sus brazos de piedra para proteger a los habitantes del pueblo y darles la bienvenida a los visitantes. Bajando hacia el centro, la Plazuela Constitución, rodeada de jardines y un kiosko central, sigue siendo el punto donde los lugareños se reúnen al caer la tarde, el mejor lugar para formar parte de la vida cotidiana del pueblo.
A unas calles de ahí, el Museo Comunitario de San Ignacio guarda la memoria del municipio: herramientas, fotografías y piezas que narran su pasado minero, coronadas por un mural bíblico que domina la exhibición. Muy cerca, el Templo de San Ignacio de Loyola, construido por los Jesuitas durante el siglo XIX, es una joya barroca que sorprende por el desnivel de su atrio y por una decoración con palmeras poco común entre otras iglesias de la región.
San Ignacio también se descubre escuchando sus relatos. La Casa del Diablo, uno de sus rincones más enigmáticos, guarda la leyenda de Bernardo Escobosa, un antiguo propietario que, según los lugareños, vendió su alma al diablo a cambio de fortuna. Si prefieres el romance al misterio, el pueblo tiene su propio Callejón del Beso, con murales artísticos y fragmentos de poemas en sus paredes que, al caer la noche, se iluminan con una luz cálida que invita a demorar el paso.

La historia de San Ignacio no termina en el pueblo, continúa hacia la costa. A las afueras, Las Barras de Piaxtla reúne playas vírgenes y esteros para pasar un día en familia, nadar y practicar deportes acuáticos. Aquí, se encuentra Las Labradas, una zona arqueológica formada por acantilados únicos en México que funcionan como lienzo de un antiguo legado. Los petroglifos grabados en roca por los primeros pobladores son hoy símbolo de sus primeras expresiones artísticas y pueden conocerse de cerca en el museo del sitio, que resguarda piezas arqueológicas y el contexto histórico de más de 700 petrograbados.
Un poco más adelante, Las Tinajas ofrece una bahía virgen con marea adecuada para practicar surf y otros deportes acuáticos, además de ser un lugar ideal para acampar y disfrutar del atardecer. Y en la comunidad de Cabazán, el Museo del Jaguar —el primero dedicado a esta especie emblemática en México— invita a aprender más sobre este felino y la importancia de su conservación.
Después del recorrido, vale la pena sentarse a la mesa para degustar platillos tradicionales como la machaca, el colachi (un guiso de calabacitas), la lisa tatemada preparada a las brasas y los tamales de elote, junto con postres como jamoncillos y dulces de leche con nuez, que complementan la experiencia.
San Ignacio combina en un mismo recorrido la misión colonial, leyendas populares y arte rupestre junto con paisajes naturales y gastronomía local. Es un destino que, lejos de bullicio, ofrece una de las miradas más completas al legado cultural de Sinaloa.


