Textos en libertad Historias de la Revolución – II

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  • Por José Antonio Aspiros Villagómez

RedFinanciera

En el municipio de San Diego Tacubaya, de la Ciudad de México, donde murió Carmen Serdán, vivieron dos familiares cercanos de Sara González, quien fue amiga de aquella y custodió en Puebla el corazón de Aquiles en 1910: fueron su hermana María González, también enfermera, y su cuñado José Antonio Villagómez Farfán, teniente coronel retirado, que igualmente fueron activistas de la Revolución, lo mismo que sus respectivos hermanos, Esther González y Aurelio Villagómez.

María González -nativa de Tequisquiapan, Querétaro- pasó los primeros años de la Revolución en la Ciudad de México. Su título de enfermera lo firmó en 1913 el secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Nemesio García Naranjo, pero desde 1905 trabajó en el Hospital General, donde la sorprendió la Decena Trágica, según nos platicó alguna vez. Dedicó toda su vida al sector Salud, incluso en campaña durante la Revolución constitucionalista, hasta su jubilación en 1968. Un testimonio del médico militar Agustín Vidales dice que “fue la Jefe de Enfermeras de la Brigada 15 (del Ejército de Oriente) durante cuatro largos años e hizo su servicio en campaña a mi lado”. Ella recibía sus salarios del entonces pagador Adolfo Ruiz Cortines.

Nunca pudo ser reconocida como Veterana de la Revolución por trámites burocráticos; por ejemplo, no pudo presentar “en un plazo de 90 días” la constancia “de su bautizo, debidamente cotejada por Notario Público o autoridad competente que legalmente los sustituya”, como le solicitó la Secretaría de la Defensa Nacional en 1970, para un trámite que ella inició en 1955. Absurdo que la institución castrense de un Estado laico, solicitara como requisito un documento religioso sin valor oficial.

María González fue esposa y cuñada, respectivamente, de los dos militares revolucionarios mencionados. En 1926 se casó con José Antonio Villagómez, y establecieron su casa en Tacubaya. El, nativo de Zinapécuaro, Michoacán (1879) alcanzó el grado de teniente coronel, y su hermano Eusebio, el de coronel.

José Antonio formó parte del Batallón Morelos, integrado por alumnos de la Escuela de Artes y Oficios de Morelia, que tomaron las armas durante la Revolución. Debe haber dejado pronto las filas, pues en 1919 ya era contador en la Fábrica Nacional de Vestuario y Equipo, en Tacubaya. El 14 de junio de 1931 tuvo lugar en la villa de Guadalupe Hidalgo, D F, “la segunda reunión de los viejos componentes del extinto ‘Batallón Morelos’ (…) de la Escuela Industrial Militar de Morelia 1894-1931 (…) en honor de nuestro compañero Sr. Antonio Villagómez”. Otro michoacano, Eustorgio Peñaloza Díaz, fue director de la banda de ese Batallón y compuso la marcha del mismo.

La vida revolucionaria del teniente coronel Villagómez, debe haber transcurrido en Sinaloa. El gustaba de decir que había nacido en Mazatlán, y su hoja de filiación expedida por la Contraloría de la Federación en 1930, daba a El Fuerte como su lugar de nacimiento. Pero su fe de bautismo fue expedida por el cura de Zinapécuaro, Michoacán, fray Ramón Silva.

Este tipo de microhistorias existe, con seguridad, en todas las familias mexicanas. En muchas, desde el bando contrario. Importa saber que miles y miles de nuestros antepasados aportaron su cuota de esfuerzo para construir una parte del país que ahora tenemos, y que fueron gente común que se enfrentó con la gran coyuntura y tomó partido.

Por ello, a través de la evocación de los abuelos maternos, María González y José Antonio Villagómez, en sus recién cumplidos aniversarios luctuosos 50 y 70 respectivamente, rendimos homenaje a los millones que forjaron de buena fe el México del siglo XX (el XXI ya fue otra cosa), y que no están en ningún libro de historia; tal vez tampoco en ningún recuerdo familiar.

Post Scriptum.- Agripina Olivera, mujer zapoteca oriunda de Tlacolula, Oaxaca, y abuela paterna del tecleador, quien tuvo casi nula cercanía con ella, al parecer no fue revolucionaria, pero trabajaba en el restaurante ‘La Bombilla’ el día que mandaron matar a Álvaro Obregón, según la versión relatada por nuestro progenitor.

(La versión original de este texto fue difundida por la agencia Notimex el 25 de noviembre de 2002)