Textos en Libertad

0
4
  • A propósito de los ataques al papa León XIV
  • Por José Antonio Aspiros Villagómez

RedFinanciera

Cuando nací, faltaban casi tres meses para el desembarco en Normandía de las tropas extranjeras enviadas para combatir a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Años después, niño aún, tuve la oportunidad de conocer la versión estadunidense de ese conflicto a través de cómics de los que recuerdo Frentes de guerra (que publicaba La Prensa y todavía se consigue algún  ejemplar en Mercado Libre) y películas donde los gringos aparecen como héroes, cuando sus bajas fueron de menos de 300 mil combatientes, frente a casi nueve millones de la Unión Soviética, seis millones de polacos incluidos los judíos exterminados, más de cinco millones de alemanes y arriba de un millón de japoneses, además de los de otras naciones involucradas, las víctimas civiles y los desaparecidos.

Bueno, pues ahora que hay un conflicto entre el desquiciado Trump y el papa León XIV por la guerra en Irán, por fortuna todavía verbal pero de un desenlace impredecible, recordé que una de aquellas películas se titula Dios es mi copiloto y trata sobre un aviador estadunidense que, a bordo de uno de los cazas llamados Tigres voladores que eran mercenarios con la divisa de China, se enfrentó a un peligroso adversario japonés y lo derrotó.

Mientras que en las memorias de ese aviador que se llamó Robert Lee Scott Jr., escritas en 1943 y que sirvieron para la película filmada dos años después, Dios era su copiloto, que es como decir su cómplice en esos cruentos combates, el pontífice actual considera que Jesús “no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza”.

Pero, al parecer, haca más de ocho décadas no causó impacto ni reacción de la Iglesia la idea de hacer de Dios copiloto de un avión militar, pues sólo encontré la opinión del crítico del New York Times, Bosley Crowther, quien escribió -y nada más con respecto al título de la cinta- que sólo había “un efecto sensiblero” en la “piadosa inyección de lo espiritual en una película de acción por lo demás ruidosa” (academia-lab.com).

El papa en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue Pio XII y hasta la fecha hay un debate acerca de su presunta actitud omisa con respecto al conflicto y en particular sobre el exterminio de judíos europeos. Hace tres años el entonces papa Francisco ordenó abrir al público los archivos secretos de aquel antecesor suyo, con la única expectativa hasta el momento de que “se confirme que su silencio salvó a miles de judíos”, de acuerdo con la corresponsal española en Roma, Matilde Latorre de Silva (eldebate.com).

Actualmente está clara la postura de León XIV con respecto a la guerra: “Se está matando a demasiadas personas inocentes. Y creo que alguien tiene que levantarse y decir: hay una forma mejor de hacer esto”, sostuvo en una declaración, y en otra pidió “que quienes tienen armas las depongan. Que quienes tienen el poder de desencadenar guerras elijan la paz”, sin mencionar por su nombre a nadie pero en clara alusión al trastornado que además publicó una imagen donde se representa como Jesucristo y otra donde éste lo abraza.

Otra fue la historia cuando, tras el concilio ecuménico Vaticano Segundo, varios obispos latinoamericanos desarrollaron la Teología de la Liberación que postulaba la “opción preferencial por los pobres”, pero que fue combatida por el papa Juan Pablo II porque adoptaba el análisis marxista de la realidad y apoyaba la lucha de clases. Su máximo exponente fue el teólogo brasileño Leonardo Boff.

Hubo entonces incluso sacerdotes dentro de los grupos guerrilleros, o que apoyaron sus causas como fue el caso del obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo, de cuya historia fue exhibido en estos días un documental de tres horas, del director Franceso Taboada,  titulado Obispo Rojo. Otros muy conocidos fueron, en Nicaragua, los sacerdotes que estuvieron dentro del Frente Sandinista de Liberación Nacional: Gaspar García Laviana, los hermanos Ernesto y Fernando Cardenal, Uriel Molina y Miguel D’Escoto.

Cómo olvidar aquella imagen de marzo de 1983, cuando Juan Pablo II visitó Managua y se le ve regañando al poeta Ernesto Cardenal quien aparece hincado en el suelo, pero sin bajarle la vista. Habían pasado los tiempos en que conocí a esos personajes en su país -reciente el triunfo del sandinismo- y se cantaba la composición de Carlos Mejía Godoy: “Cristo ya nació en Palacagüina / de Chepe Pavón y una tal María… En vez de oro, incienso y mirra / le regalaron, según yo supe / cajetita de viriomo y hasta buñuelos de Guadalupe”.

Después el sandinista Daniel Ortega se convirtió en dictador, atacó a la Iglesia, expulsó del país a sacerdotes y nunca hubo una condena de parte del papa Francisco quien, por lo demás, parecía dar apoyo a las ideas de los teólogos de la liberación. En una carta al sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, autor de un libro sobre el tema donde se pregunta “¿Cómo decirle al pobre que Dios lo ama?”, Francisco le expresó: “te agradezco por cuanto has contribuido a la Iglesia y a la humanidad, a través de tu servicio teológico y de tu amor preferencial por los pobres y los descartados de la sociedad”. Antes, Benedicto XVI -otro enemigo de la Teología de la Liberación por su influencia marxista- lo había recibido en el Vaticano.

Cuando en México hizo su aparición de manera cruenta el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (1 de enero de 1994), tuvo un papel destacado como mediador aquel obispo de San Cristóbal las Casas, Chiapas, Samuel Ruiz, al que la jerarquía católica mexicana trató inútilmente de remover por ser partidario de esa Teología, que se resiste a pesar de todo.

Leí que, cuando Samuel Ruiz llegó a San Cristóbal de las Casas en 1959, se encontró con que los indígenas que caminaban por las calles debían bajar de la banqueta para dejar el paso a los blancos y mestizos. Y surgió la “pastoral indígena”. Siempre se supo que por eso él apoyaba al EZLN del Subcomandante Marcos.

Todos estos recuerdos permiten revisar, así sea someramente, las posturas papales ante algunos episodios que tienen que ver con la ideología o con la guerra en diversas magnitudes, cuando está viva la confrontación entre León XIV y Trump, quien ha exhibido imágenes suyas vestido como papa o encarnando a Jesucristo, y sólo le falta decir que Dios es su copiloto.

José Antonio Aspiros Villagómez

Licenciado en Periodismo

Cédula profesional 8116108 SEP

antonio.aspiros@gmail.com