Cázarez y Monsiváis, una entrevista cuestionada

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  • José Antonio Aspiros Villagómez

Red Financiera

         Edmundo Cázarez Cárdenas es un colega periodista que se encuentra en problemas, pero creo que los sabrá superar como remontó otros retos a lo largo de su vida. No lo conozco, pero estudió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García donde, junto con las materias de la profesión, nos enseñaron otras disciplinas, entre ellas la ética aplicada al trabajo.

         Y comento esto último, porque una de sus famosas entrevistas “a lo mero macho” acaba de ser cuestionada por la familia del cronista y ensayista Carlos Monsiváis (1938-2010), y él ha sido criticado y descalificado no sólo por algunos colegas, sino hasta por la presidenta de la República. También ha recibido insultos y amenazas.

         Ya estarán enterados los lectores, pues ha sido mucho el ruido mediático y en redes sociales. En días pasados Cázarez publicó en El Universal la versión completa de una entrevista que originalmente apareció en El Sol de México en 1999, con declaraciones de Monsiváis acerca del ahora ex presidente Andrés Manuel López Obrador.

         La familia de Monsiváis rechazó la veracidad de esas afirmaciones y exigió a El Universal y a Cázarez presentar pruebas o disculparse, además de reservarse “el derecho de actuar legalmente alrededor de este infundio”. Como Edmundo no ha encontrado la grabación con aquellas palabras de Monsiváis entre los 985 casetes donde tiene sus entrevistas, el periódico tuvo que disculparse con los demandantes, pero el periodista no lo hizo porque “ofrecer disculpas es aceptar que yo mentí; yo no he mentido, el señor me lo dijo”, según declaró en el programa de Azucena Uresti.

         Unos colegas le creen y otros no, y entre estos últimos hay quienes han denostado a los otros. También han atribuido a El Universal malignos propósitos políticos al publicar la entrevista. A Fred Álvarez, del medio La Silla Rota, “sin alterar la voz un solo decibel”, Cázarez le “sostuvo que cada palabra impresa era rigurosamente correcta”, pero éste no se lo creyó por ser “imposible cerrar los ojos ante las evidentes inconsistencias históricas planteadas en la entrevista”. Mientras que para Marco Levario Turcott y Orquídea Fong, del portal Etcétera.com, especializado en temas mediáticos, “a esta pieza periodística no se le puede dar el menor crédito, pues o bien está completamente fabricada o está falseada en puntos fundamentales”.

         Ya le tocará a Edmundo Cázarez probar su honestidad profesional. He leído diversas entrevistas suyas, tan extensas como interesantes, con incisivas preguntas “a lo mero macho” a sus interlocutores, y conozco sus inicios por lo que escribieron, él mismo en dos largos artículos acerca del ex presidente Luis Echeverría, y los colegas Fred Álvarez, ya citado, y Jorge Herrera y Valenzuela, éste en su columna Alfa Omega al comentar el libro ¡A lo Mero Macho! ¡Entrevisto, luego existo!

         Edmundo nació, calculo que a finales de los años 50, en Pátzcuaro, Michoacán; fue el décimo tercer hijo del artesano Jesús Cázarez Solorio y doña Alicia Cárdenas Gutiérrez. A los 14 años comenzó a colaborar en el semanario Crítica Regional y en el diario La Voz de Michoacán, y a los 16 obtuvo una beca del gobernador Servando Chávez Hernández para trasladarse a la Ciudad de México y estudiar en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.

         El siempre generoso director de ese plantel, nuestro bien recordado maestro Alejandro Avilés, le ayudó a encontrar alojamiento en la colonia Polanco, pero a los seis meses le quitaron a beca y, en lugar de regresar a su tierra, “como tantos provincianos” buscó “un lugar para dormir”, ya fuera en las bancas de la Alameda Central o en las salas de espera de las terminales de autobuses ADO y Tres Estrellas de Oro, y además soportó “los estragos del hambre” y las “mentadas de madre, insultos y un desprecio total” de “a quienes les pedía un pedazo de pan”.

         En una de sus “largas e interminables caminatas por las calles de la capital del país”, un sábado en la noche vio a través de los aparadores de la tienda Viana el programa de televisión ‘El gran premio de los 64 mil pesos’, soñó con que él podría concursar y resolver sus problemas de dinero y fue a solicitar que lo inscribieran como concursante nada menos que con el tema Vida, obra y trayectoria política del presidente Luis Echeverría Álvarez.

         Pero el productor del programa, Rafael Riva Palacio, le dijo que lo inscribirían si el propio presidente de la República otorgaba su beneplácito. Así que se fue a buscar a Echeverría y para lograr verlo le ayudaron los periodistas ya para entonces funcionarios Fausto Zapata Loredo y Mauro Jiménez Lazcano, que cuando la campaña de LEA como candidato, eran quienes nos atendían a los reporteros de los medios.

         Echeverría lo apoyó, lo invitó a comer en familia, le ayudó en cuanto pudo y tuvieron amistad hasta el fallecimiento del ex presidente. Cázarez nunca le informó al mandatario que el concesionario de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, le había mandado con él una mentada de madre. Participó en el concurso, donde hizo gran amistad con el conductor don Pedro Ferriz Santa Cruz -un querido jefe y amigo mío también-, pero cuando ya tenía ganados 32 mil pesos e iba a por los 64 mil, el que le hizo las preguntas fue Juan Ruiz Healy, quien “logró ponerme nervioso y confundirme, pero al final, había conseguido su objetivo: Cumplía al pie de la letra la orden que había recibido de su jefe… ¡Eliminarme!!”

         Como premio de consolación le dieron un colchón y una estufa. Al terminar el programa, miembros del Estado Mayor Presidencial lo llevaron a Los Pinos con el presidente Echeverría quien, “sumamente serio” le dijo: “tú, por supuesto que estuviste muy bien”, luego golpeó con el puño la cubierta de su escritorio y “apretando los dientes”, expresó. “¡Esto, se lo llevó la chingada!!”. Luego telefoneó al secretario de Educación, Víctor Bravo Ahuja, y le pidió que dieran a Cázarez una beca para que terminara sus estudios en la Escuela Septién García. “Curiosamente, al sábado siguiente, el programa desapareció del “aire”, escribió el hoy cuestionado entrevistador.

         En su artículo La entrevista que generó ruido (https://lasillarota.com/opinion/columnas/2026/6/24/la-entrevista-que-genero-ruido-605438.html), Fred Álvarez menciona un único caso anterior en que Edmundo Cázarez tuvo problemas, pero salió airoso. Fue por unas declaraciones que le hizo doña Elena Poniatowska en 2021 sobre el “hartazgo nacional” causado por las conferencias mañaneras del presidente López Obrador, que ella reconoció haber dicho porque “el entrevistador le había inducido las respuestas” (cierto en muchos casos, basta con leer sus entrevistas para notarlo) y ”había caído en una trampa”.

         Edmundo Cázarez es un entrevistador con mucha experiencia en ese género periodístico; 50 años, según El Universal. Siempre pide que las respuestas sean “a lo mero macho”, formula preguntas audaces que sus interlocutores no siempre logran eludir, y así ha podido dar a conocer experiencias u opiniones osadas de ellos, entre quienes han figurado las actrices María Félix, Irma Serrano y Elsa Aguirre; el sacerdote José de Jesús Aguilar Valdés quien fue asignado al campamento Dos de Octubre donde no había templo pero sí dos falsos curas a quienes desalojó; colegas suyos como Carlos Ferreyra quien le dijo que muy pronto dejaría “este mundo terrenal” y falleció dos años después, y un sinfín de personajes de los que no tengo noticia pero que figuran en su libro A lo mero macho, que no he leído.

         Antes de cerrar este texto busqué sin éxito alguna declaración de López Obrador sobre el tema; tal vez habló por él la presidenta, quien habría dicho que la publicación fue “grotesca y una bajeza”, según un video de SDP Noticias, y/o que “no se puede defender algo tan ruin y putrefacto”, como informó Romina Gándara en su programa Detrás de la Mañanera del 26 de junio.

         Le deseo al colega Edmundo Cázarez que encuentre la grabación de su entrevista a Monsiváis, aunque también será cuestionada su autenticidad y el debate seguirá. Son los riesgos del periodismo, que a veces se pagan con el despido, con el descrédito justo o injusto, y en ocasiones con el secuestro o la vida.