Convento novohispano acogió a una monja africana en el siglo XVII

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  • Por Norma L. Vázquez Alanís

RedFinanciera

Con el ciclo de conferencias ‘Tercera Raíz: afrodescendientes en México’, el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM), perteneciente a la Fundación Carlos Slim, inició el 60 aniversario de su creación; el encargado de abrir las pláticas fue el director de la institución, doctor Manuel Ramos Medina, con el tema ‘Una monja profesa africana Carmelita Descalza’.

Se trata de un caso excepcional en los conventos de Nueva España y de otros territorios de la monarquía española, el que una persona negra haya profesado como monja en el convento de San José de carmelitas descalzas de la ciudad de Puebla, único ejemplo en la orden del Carmen por lo menos en Hispanoamérica, pues en esos monasterios no se permitía la esclavitud, solamente eran 20 religiosas y entre ellas se dividían los trabajos.

Ramos Medina descubrió a este personaje cuando realizaba investigaciones para su tesis de doctorado, con interés en la orden del Carmen, en el Archivo General de Indias, porque empezó a salir una serie de figuras un poco olvidadas por la historiografía, como sor Juana Esperanza de San Alberto, cuya imagen de bulto está tras las rejas del locutorio del mencionado convento, el primero que introdujo las reglas de Santa Teresa en América; ese es su distintivo.

La vida de sor Esperanza de San Alberto, religiosa carmelita africana, negra según los documentos de aquella época, está registrada en un libro publicado en el siglo XVIII como parte de las festividades del primer centenario del convento en 1704; es una crónica de la vida dentro del claustro, que representa la memoria de las religiosas; es muy extenso y está disponible en línea para su consulta.

Su título: Fundación y Primero Siglo del muy religioso convento del Sr. San José de religiosas carmelitas descalzas de la ciudad de la Puebla de los Ángeles, en la Nueva España, el primero que se fundó en la América Septentrional el 27 de diciembre de 1604, escrito por el cronista de la orden del Carmen, José Gómez de la Parra, que historió cien años en la vida de esta abadía.

Dentro de la orden del Carmen no se tiene noticia de otra crónica de esta magnitud; Ramos Medina recordó que el historiador novohispano Carlos Sigüenza y Góngora escribió en el siglo XVII otra extensa y extraordinaria sobre el Convento Real de Jesús María de monjas concepcionistas, pero la de Gómez de la Parra es mucho más amplia pues recogió todos los testimonios de las religiosas de la comunidad.

Una monja longeva, humilde y dedicada al trabajo

El autor asegura que Juana Esperanza de San Alberto fue la última monja que murió (1684) al final del primer siglo de vida del convento fundado en 1604, y se distinguió tanto por su humildad como por su entrega al trabajo, sobre todo a los más difíciles de limpieza, cocina y enfermería. Dice de la religiosa San Alberto “fue un carbón encendido e inflamado en el que el fuego del Divino Amor y el rigor con que se mortificaba, arrojaba sangre por la boca por no responder a los descuidos que le imputaban”.

Cuenta Gómez de la Parra que Esperanza fue esclava de María Fajardo, hermana de la venerable madre Juana de San Pablo, fundadora primero de un beaterio en Veracruz y luego del convento de Puebla; señala que ella y sus hermanas fueron invitadas a Nueva España por su hermano instalado en Veracruz, quien era exitoso comerciante, para que tuvieran una vida más accesible que en España, donde ya no contaban con familia.

Comenta el cronista que la embarcación en que viajaban fue atacada por unos piratas que las dejaron en una isla, donde permanecieron mucho tiempo hasta que llegaron a Veracruz; la travesía fue muy peligrosa y quizá por ello dos de las hermanas decidieron encerrarse en un beaterio y después fundar un convento. Ya en Veracruz, María se casó con un comerciante que tenía la posibilidad económica de comprar esclavos; ella adquirió a una pequeña niña de cinco años.

Esperanza fue amparada por María Fajardo dentro de su familia y en su casa, ahí pasó los primeros años de su infancia. Luego, cuando se logró la fundación del monasterio de la reforma teresiana en Puebla con el apoyo de los jesuitas, tras la aceptación tanto de la corona de España como del propio obispo de Puebla, las hermanas Fajardo se trasladaron a esa entidad.

María y su esposo las acompañaron, años después de enviudar cayó enferma y decidió ingresar al convento de San José donde murió; todos sus bienes los donó a la comunidad, incluida la niña -a la cual le tenía un gran afecto- para que sirviera en el convento. Las religiosas solicitaron el permiso para que Esperanza quedara en la comunidad a petición de ella misma y entró como “donada”, una mujer que apoya. Fue aceptada por ser cercana a una familiar de la fundadora del convento, así como por su dedicación y vocación al servicio de Dios.

El texto consigna: “Sin haber leído ni sabido esta doctrina, la hermana Esperanza, el fuego del divino amor que ardía en su corazón lo avivaba con los leños de la mortificación y penitencia”. Hay que pensar, dijo el conferenciante, que la convivencia entre la población blanca (criolla y peninsular) es posible que incomodara a algunas de las religiosas, quienes es probable le dieran órdenes y esto lo recibía Juana Esperanza como una forma de aceptación de decir “soy donada y tengo que obedecer lo que se me manda”.

Gómez de la Parra dedica varias hojas a esta monja africana, de la cual indica: “para tomar disciplinas con tanto secreto, porque no quería que la comunidad se diera cuenta de ello, buscaba tiempo para que nadie la viese y se encerraba en el gallinero para ejercitarla y otras veces a deshoras de la noche en el coro, cuando estaba vacío”; se desempeñó como “donada” y nunca se quejó, era una mujer muy silenciosa, tenía poco diálogo con las religiosas y obedecía en todo.

Ya muy enferma y anciana al recibir los sacramentos y los santos óleos como se usaba en todo convento, “Esperanza pidió a la prelada que por amor de Dios le dieran el hábito y la profesión… en punto la priora escribió al señor obispo Santa Cruz para dar licencia”. El vicario le preguntó qué era lo que la movía para pedirlo, y con dificultad para hablar Esperanza le dijo que era darle más gusto a Dios nuestro señor. Ella al final de su vida quiso tener esa distinción como una forma de aceptación del propio convento, aseguró el ponente.

Y pudo profesar como cualquier otra religiosa de velo negro de la orden; un año después (1679) Sor Esperanza de San Alberto murió, las crónicas acreditan: “Y luego que pusieron el cuerpo difunto en el coro bajo, fue muy crecido y desmedido el ruido de la gente por verla, entrando unos y saliendo otros, desde las tres de la tarde hasta las seis en que vino el eclesiástico Cabildo a enterrarla”, en coro bajo donde generalmente las religiosas tenían su última morada.

Sobre el cronista Gómez de la Parra

José Gómez de la Parra era doctor en Teología de la Real Universidad de México, que le dio el grado en 1676, pertenecía al obispado de Puebla de los Ángeles, hijo de un español de los reinos de Castilla, llamado también José Gómez de la Parra, y de Teresa Suárez, originaria de la ciudad de Puebla, es decir era criollo.

Graduado de bachiller en Filosofía y Teología, en ambas facultades sustentó y defendió actos públicos, obtuvo en el colegio de Nuestra Señora de Todos los Santos de la ciudad de México una beca de Sagrada Teología y posteriormente fue rector de la institución. Predicó en el púlpito de la catedral de Puebla, así como en conventos de religiosas.

Un hombre muy destacado en la sociedad, que tenía cercanía con las religiosas y aceptó investigar y redactar una obra de esta magnitud sobre la fundación y primer siglo del convento, para lo cual se le destinaba un espacio a fin de que pudiera revisar el archivo completo de ese periodo, investigación que plasma la vida de cada una de las religiosas que vivieron ahí entre 1604 y 1704.

Para concluir, Ramos Medina mencionó que faltan estudios sobre la presencia africana en los monasterios novohispanos, pero dijo que quizá estas conferencias abran la posibilidad para que los especialistas se enfoquen al estudio e investigación de este interesante tema, porque en los conventos de monjas también está la historia de México.